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ENTRAR MENDEZ LOBO

OSCAR MÉNDEZ LOBO

Del mar, el amor y los sueños

 

Creo que soñamos para no dejar de ver.

“Las afinidades electivas” (1809) Goethe

 

 Si la finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia, nos encontramos ante una pintura que cumple a la perfección el aserto. Oscar Méndez Lobo ha querido, en esta ocasión, adentrarse en el mundo de los sueños, lo que no quiere decir que su pintura sea la sola interpretación plástica de un mundo onírico sino la visión ensoñadora y elaborada  de su mirada. ¿Qué es vivir sino soñar? Se preguntaba el poeta Tennyson en una clara reflexión calderoniana. “El sueño es un arte poético involuntario”, afirmaba el filósofo Kant y viene a colación cuando sabemos del paralelismo horaciano entre la poesía y la pintura.

 

 El pintor ha querido, en esta exposición buscar el mar, acercarse a él, adentrarse en sus aguas, mareas y misterio, para recibir de él la inspiración y el movimiento de sus olas y el color que impregna las retinas, necesario para crear su nueva serie titulada Sueños. Un mar y unas costas que tienen una cierta localización geográfica, que está instalado en el mapa verdiazul del Atlántico, que se centra en el sur de Huelva, que tiene un nombre cercano y afectivo: Mazagón, territorio costero donde recala el artista con su familia para retiro, descanso y reflexión. Pero el artista no ha querido quedarse en la  morfología de la visión retiniana, en la unicidad del lugar, sino que ha querido hacer del mar una metáfora de los sueños del hombre que desea navegar más allá de su rincón y de su mente. El resultado es una serie pictórica ambiciosa, rotunda y total, como una gran sinfonía a la que se suman la música –tan esencial en la trayectoria de Méndez Lobo- y la performance artística.

 

Nuestros sueños son la mejor y más dulce porción de nuestra vida. Es el momento en que cada uno de nosotros es más él mismo”, dejó escrito Renán. El pintor lo sabe y ha plasmado lo más íntimo y profundo de sí mismo en obras de gran formato, de hasta 200 por 600 cm en las que la pintura se expande con la ambición de un gesto rotundo y abarcador, en el que los sueños tienen espacio para plasmar su ubicación infinita de formas y colores. Pintura que da cabida al mar y a los sueños de mar, que va a conectarse con las notas musicales para demostrar una vez más que las artes son ramas de un tronco común y que nunca se desgajan del todo unas de otras.

 

De razones, el hombre vive y de sueños sobrevive”, decía un gran conocedor del alma humana, el vasco-salmantino don Miguel de Unamuno. El pintor experimenta a diario la intensidad necesaria en el trabajo cotidiano, de la barojiana lucha por la vida, pero sabe aún más de los sueños que requiere la supervivencia. Sólo la mirada de pintor y de poeta le rescatan de una cotidianidad no siempre fácil. El arte, se ha dicho, es sanador y cauterizante, lo ha explicado de modo clarificador el alemán Josef Beuys, después de verse curado en sus heridas por los chamanes, durante la segunda guerra mundial. El arte es liberador y creador de sueños o de realidades nuevas. Vale la pena crear arte porque aporta a la vida un plus de regeneración y valía. El arte, en suma, es redentor, de ahí el carácter sacral que muchos le han concedido. Casi el de una nueva religión, quizás porque nació en el ámbito de lo sagrado. El arte hace la vida más soportable y que merezca la pena. La pintura de Oscar Méndez Lobo en esta serie de Sueños viene a abundar en esta idea de ir más allá de la realidad para alcanzar cotas más elevadas de mirada y de infinito. Un infinito que sólo el mar, el océano como metáfora, es capaz de inspirar y el arte abstracto, de plasmar.

 

Vocación de magnitud y grandeza

 

          En esta exposición, el pintor tiene vocación de magnitud y de grandeza. Sus cuadros de gran formato, resueltos con frecuencia en dípticos o trípticos, muestran el deseo plástico de expandir la pintura, de presentarla en grandes espacios donde pueda manifestarse en todo su esplendor. Son cuadros que tienen su propia independencia pero que, al mismo tiempo, prolongan las aplicaciones del color y del gesto de uno a otro, como movimientos secuenciales de una sola obra. El color va dirigiendo la mirada, que requiere para su perfección de cierta distancia, que lleva a un recorrido espacial de la superficie del lienzo. Una pintura que trae a la memoria –con las diferencias del tiempo y de estilo- la grandeza y el arrebol de los frescos de Tiépolo. Los cuadros de Méndez Lobo son, en esta ocasión, superficies arreboladas de rojos, en los que negros, blancos, ocres y azules parecen simples contrapuntos para realzarlo. Rojo imperial de plenitud, de fuego, de fiesta, de mandarín, de entusiasmo… Los colores fríos parecen quedar atrás o en un segundo plano. Sueños es una exposición gozosa del autor que se transmite al espectador. Quizás el punto álgido, hasta el momento, en su trayectoria artística. En esta pintura hay una explosión tal del espíritu, que se expande y se hace contagiosa. Las masas del color se adensan o ahuecan hasta ofrecer espacios amplios e intermedios en los que se percibe el universo. Pintura grandiosa, como ecos de una abstracción donde caben imaginar los rompimientos de gloria  del Barroco, como ya apunté en otro texto que escribí sobre el artista. Jannis Kounellis ha declarado recientemente que “para entender la modernidad es necesario ver y entender la antigüedad que lleva a las espaldas. Hoy, naturalmente, con la globalización se aparenta ver una modernidad separada de la antigüedad, pero sabemos muy bien que no es cierto”.  Cada vez más son  los historiadores y críticos de arte que lamentan la creación de los museos de arte contemporáneo, porque desgajan la continuidad histórica que había en los antiguos museos de Bellas Artes. El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía tendría que ser la sección siglo XX del Museo del Prado. Así, todo tendría más sentido, porque el arte contemporáneo no ha nacido sin más, como una seta extemporánea. Pero este es otro discurso.

 

          Volvamos a la obra de Oscar Méndez Lobo cabe decir que es una pintura a la se mira con arrobo. Pintura en la que el artista recuperar el placer del pigmento, el color y las armonías, sin que el acto creador sea mediatizado en exceso para evitar cortocircuitos que la paralizan. Cuando el autor tiene en sí la formación académica necesaria de las Bellas Artes para actuar, puede muy bien llevar la creatividad por un azar controlado –una espontaneidad que parte de la inteligencia y la maestría-  porque conoce el comportamiento de los materiales que emplea y el valor de los gestos.

 

          Méndez Lobo ha jugado de modo valiente con la amplitud del formato, algo a lo que no todos los artitas se atreven. El gran formato y las proporciones requieren juventud, energía y disposición, cualidades que a este artita no le faltan. En esta serie denominada Sueños, ha querido ser ambicioso, crear un arte por encima o más allá del circuito de mercado, con unos cuadros elocuentes y rotundos que haban de su capacidad de expresión plástica en toda la dimensión posible.

 

En esta etapa del artista se percibe cierta exultación, un gozo de vivir, que se traduce en una exaltación de las medidas y proporciones de la pintura. Y por supuesto del color, máximo referente del estado anímico del artista, de su pasión, de su joie de vivre. El resultado está en esos rojos y azules que invaden con fuerza y presencia sus cuadros. Una pintura que invita como ninguna otra a dejarse envolver, a entrar en ella como en un territorio acuoso o evanescente y habitarlo junto al pintor para disfrutar de las mismas emociones y sentimiento que la generaron. “¿Podría yo vivir, y cómo, en el espacio que una obra define?”, se pregunta Bourriaud en su ensayo Estética relacional.

 

          El arte abstracto nos lleva a imaginar el mundo a través de la línea, la mancha y el color. La abstracción de Méndez Lobo es por encima de todo color y aplicación del mismo para que las manchas generen el informalismo que se aleja de la naturaleza porque va más allá de ella, porque se encamina a una flotación espacial que da vida a los sueños. Una pintura que se hace lenguaje plástico y comunicación, lo que lleva a una gnosis. La abstracción es un hito del triunfo de la modernidad, que no retrocede mientras haya una dicción plástica como la del artista que nos ocupa; ello explica que fuera el primer gran estilo internacional.

 

Del amor y los sueños

El amor está hecho de la misma sustancia que los sueños, escribió William Shakespeare en una cita memorable. Aunque muchos han traducido este aserto como la inconsistencia o volatilidad del amor, otros nos inclinamos por una lectura más positiva, por una interpretación más ágil, al ver en los sueños ese mundo alado y mágico que llega, nos envuelve y que no se explica con la sola razón. La pintura de nuestro artista no admite una simple explicación física del soporte y los pigmentos, porque va más allá; condensa el mundo, el sentir y los sueños de quien ejecuta la obra. El arte trasciende su materialidad para volar en aras de una vivencia más profunda y espiritual. “El sueño es uno de los hemisferios de la vida. Es la vida misma, continuada en otro plano. Yo he vivido porque he soñado mucho”, ha dicho el poeta Amado Nervo.

 

El mar es más que un paisaje, también es un sentimiento”, canta Joan Manuel Serrat, al que Oscar Méndez Lobo, músico y pintor, ha escuchado en más de una ocasión. El mar y los  sueños han alimentado esta exposición del artista. El mar sin límites como lámina infinita o soporte espejado de los cielos, en los que reverbera la luz del sol que se descompone en colores y manchas, que rielan su superficie como un cuadro siempre el mismo y siempre diferente.

 

Mar, sueños… pintura/pintura como decía el movimiento informalista francés support/surface al teorizar sobre la abstracción. Pintura, por encima de todo lo dicho y hablado. Pintura que lleva a los sueños porque nace de ellos. Sólo cabe terminar con los bellos versos de Federico García Lorca:

El sueño va sobre el tiempo

flotando como un velero.

Nadie puede abrir semillas

En el corazón del sueño.

 

Julia Sáez-Angulo

De la Asociación Internacional

de Críticos de Arte

 

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